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EL REMANSO DE LA BUENA VOLUNTAD.

By VidaGrata On marzo 15, 2010 Under Sin categoría

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Una de las costumbres que los seres humanos realmente deberíamos cultivar, en razón al cúmulo de beneficios que su ejercicio comporta, es la relacionada con el reconfortante hábito de la meditación. Infortunadamente parece que la generalidad de las personas no dispone de la voluntad necesaria para repasar y evaluar cada uno de los actos que acompañan su vida cotidiana. Es un hecho que nuestro mundo actual evoluciona jalonado más por sentimientos aciagos como la ansiedad, el temor y la incertidumbre, que por el deseo genuino de lograr una existencia gratificante y sosegada. La velocidad cada vez más creciente con la que se producen los cambios en todos los órdenes de nuestra convivencia humana, ciertamente se ha convertido en un óbito para alcanzar una vida apacible. Realmente avanzamos a la deriva en medio de muchos contratiempos y sin un sendero claro sobre el verdadero propósito de nuestra presencia en este planeta. La civilización occidental en la que nos encontramos inmersos, paulatinamente nos ha fijado unos paradigmas que atienden más al efímero placer todo lo que nos resulte confortable, en el cual el suceso crucial del enaltecimiento humano difícilmente puede trascender. El acrecentamiento material es la orden del día, con el cual se pretende satisfacer los halagos de una banalidad que riñe con el noble precepto del crecimiento interior. Permanecemos muy aferrados a todo lo inmediato y tangible, en tanto nuestro fuero interior nos habla reiteradamente de su insatisfacción, justamente porque la vida fue concebida para trabajar en el desarrollo de una conciencia superior y no para ser fincada en la veleidad de los efímeros antojos. Cuando vivimos únicamente para satisfacer los caprichos de nuestra pueril egolatría, muy difícil nos resultará aproximarnos a una vida realmente enaltecedora. Tal parece que sólo el paso de los años nos otorga la sensatez necesaria para comprender este hecho a cabalidad. No es raro ver en estos tiempos, a personajes muy acaudalados que bien podrían ser la reencarnación del sabio Nicodemo, quien al comprender la intrascendencia de su copiosa fortuna, generosamente decidió un buen día compartirla con los más menesterosos, en una verdadera alquimia que transmutaba su arraigada codicia, en la inefable dicha interior que siempre acompaña a la benevolencia. Con el paso de los años me he podido afianzar en la convicción de saber que los seres humanos hemos sido depositados en este querido planeta para cumplir dos misiones fundamentales: la primera de ellas nos demanda un trabajo honrado y perseverante en relación con ese crecimiento interior que se logra a través de la permanente identificación y consecuente erradicación de todos y cada uno de nuestros defectos, esos que se encuentran tan bien condensados en los siete pecados capitales, la ira, la codicia, la lujuria, la gula, el orgullo, la envidia y la pereza. Si no decantamos diariamente nuestras actitudes, pensamientos y comportamientos, seguramente permanecemos estáticos en un insalvable estado primitivo. Es la capacidad que tiene el hombre para evaluarse y corregirse a sí mismo, lo que nos da la posibilidad de ser realmente los amos de la Creación. En la medida que logremos domeñar cada uno de estos agregados o defectos, estaremos más cerca de alcanzar la venerable investidura de seres realmente libres y superiores. También en esa misma medida tendremos acceso a muchos dones especiales, los que desde luego no están disponibles para quienes poco se interesan en la depuración de su ser existencial. Nuestro ego persistente es un velo que no nos permite percibir la realidad y un lastre que nos impide volar hacia esas alturas dimensionales para las que el hombre fue concebido. En franca analogía con el inconformismo de Juan Salvador Gaviota, cada ser humano tiene la posibilidad de apartarse de esa manada que vive inmersa en el conformismo, para remontar las alturas y enfrentar los riesgos que conlleva el aprendizaje, de tal manera que una vez conocida la gloria de la sabiduría, pueda descender nuevamente para transmitirle toda su experiencia y conocimiento a esa manada que lo vio partir con tanta audacia y resolución. Brindar incondicionalmente nuestra ayuda y todo lo que hemos aprendido, es la mejor manera de materializar el amor que Dios ha decretado a sus criaturas. De lo anterior se desprende que justamente el segundo motivo por el cual hemos venido a este planeta, no es otro que el de volcar y encauzar todas nuestras energías hacia la noble labor de ayudar a nuestros semejantes. Para lograrlo sólo requerimos de una inquebrantable buena voluntad y es ahí donde radica la verdadera libertad de nuestro ser… es ahí entonces cuando realmente logramos cumplir nuestro propósito cimero en esta vida, haciéndonos con ello sin duda acreedores a la benévola sonrisa del Supremo. La ayuda que podemos brindar a nuestros semejantes no comporta solamente un problema de satisfacción personal y de generosidad humana, sino que también se extiende al anhelo de una mancomunada supervivencia. De hecho la sumatoria de actos humanitarios catapulta nuestra especie hacia rumbos de progreso y bienestar, en tanto que las manifestaciones de odio y violenta confrontación sólo generan tristeza y desolación. Por eso a los seres racionales se nos impone la impostergable necesidad de practicar en forma disciplinada el ejercicio de la meditación, pues sólo así evitaremos actuar en forma instintiva e irracional. Sólo necesitamos dedicar unos breves minutos cada día, para abstraernos de lo cotidiano y sumergirnos en lo que realmente resulta crucial para nuestro desarrollo interior, toda vez que somos seres facultados para alcanzar y disfrutar las mieles de la sabiduría universal. Resulta deprimente y degradante por decir lo menos, vernos y sentirnos insertados en un mundo polarizado por el odio, la beligerancia, la inequidad y toda suerte de circunstancias adversas, tal vez porque el hombre en medio de su ceguera espiritual, no logra comprender que esta vida terrena es apenas un breve peldaño en el largo derrotero que debemos cursar para aproximarnos al Creador. Lo que hicimos ayer, ciertamente afecta nuestro ánimo y nuestra suerte en el día de hoy, y lo que hagamos hoy, será el fundamento de nuestra dicha o nuestra tristeza en el día de mañana. Así mismo y en la óptica de una mayor dimensión en el tiempo, lo que hagamos en el curso de esta vida, invariablemente determinará la suerte que enfrentaremos allá en esa cuarta dimensión, cuando el cuerpo ya cansado, deje en libertad el alma para que ella vuele apacible hacia el prometido remanso de la eternidad.

Infinitas gracias les doy por su paciente y amable atención…aquí nos volvemos a encontrar para tratar otros temitas que mucho inquietan mi inagotable curiosidad.

Mauricio Bernal Restrepo.

Bogotá, Colombia.

Ilustración: No se tiene referencia del autor.

 

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