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CON MUCHO GUSTO

By VidaGrata On noviembre 29, 2012 Under Nutrición

 

 

 

 

 

 

 

Aunque no siempre uno se siente dispuesto para acometer con buen talante ese agradable oficio de sazonar los alimentos en la mejor forma posible, bien cierto es que en ocasiones la cocina se convierte en una especie de santuario para la reflexión, en el que uno se puede dedicar a repasar muchos aspectos de su vida íntima, en tanto va integrando con esmero los componentes adecuados para lograr un equilibrio que verdaderamente honre y gratifique el sentido del buen gusto.

Sin lugar a duda el ejercicio culinario comporta una especial analogía con ese arte alquímico medieval, a través del cual los nigromantes buscaban afanosamente transmutar el burdo metal en oro regio, procedimiento que aparentemente permitía a su vez destilar una sustancia conocida como el elíxir de larga vida, capaz de eliminar las aguas pesadas que los años van acumulando en el organismo y que ciertamente son las responsables de acelerar la decrepitud en los tejidos. Para ello era necesario combinar los elementos en su justa medida y proporción, con el fin de acrisolarlos luego en el hornillo hasta sublimar su líquido esencial en una retorta de cuello largo, pero siempre actuando en franco contubernio con el influjo estelar, pues el hierofante bien comprendía esa virtud que le permite a cada átomo mantenerse en contacto con todo el Universo.

Estas elucubraciones merodeaban en mi cerebro en tanto me disponía a cumplir con el primer mandamiento que gobierna la ética de todo cocinero respetable: lavarse las manos con abundante agua y jabón, para indicarle así tajantemente a las bacterias que en el oficio del guisado no está permitido contaminar los alimentos.

Sin ser ningún experto y acudiendo solamente a ese sentido común que en ocasiones me acompaña, recuperé primero el filo del cuchillo frotándolo contra una piedra abrasiva y luego comencé a disponer todos los insumos necesarios para preparar un arroz silvestre con pretensiones de oriental, pues a decir verdad, me parece que combina perfectamente esos requerimientos que demanda una alimentación balanceada, al juntar en una saludable alianza las proteínas, los carbohidratos y la fibra natural.

Una vez prendido el fogón, coloqué encima la olla con una tasa y cuarto de agua y una pizca de esa maravillosa sal marina que contiene cerca de treinta y tres minerales esenciales. Luego dispuse la tablilla para comenzar a picar la cebolla cabezona con una habilidad que adquirí a través del tiempo y que ahora me permitía deslizar hábilmente el filo del cuchillo por encima de la uña que habita en el dedo índice de mi mano izquierda, hasta dejar en un dos por tres la redonda hortaliza homogéneamente picada… de inmediato la incorporé al agua que ya comenzaba a renegar por el calor, y para que no estuviera solita en ese ambiente tan vaporoso, le agregué con franca ternura un poquito de ajo pulverizado.

Después de medir en la misma taza la ración de arroz, la vertí en un colador para someterla a un riguroso baño con agua ozonizada, en tanto removía afanosamente los granitos con una cuchara de madera para despojar las impurezas, especialmente aquellas de naturaleza química que tristemente son utilizadas para eliminar las plagas durante la etapa de cultivo. Una vez el arroz quedó limpio y bien redimido de todo pecado residual, lo deposité en la olla, en tanto que el contenido ya mostraba su desespero con la emanación de múltiples burbujas. Agitando la cuchara de palo logré que el arroz se amancebara con la cebolla y el ajo, al tiempo que yo, profesando un solemne respeto por la intimidad nutricional, les hice un guiño venturoso antes de tapar la olla para que el fuego se encargara de realizar lentamente el milagro de su transformación, lógicamente después de sintonizar el control de la estufa en el punto de calor más moderado.

Como ya el arroz evolucionaba por efecto del calor, rápidamente apropié la tablilla y el cuchillo para comenzar el picado de los vegetales que impacientes esperaban su destino…corté entonces algunas rebanadas de cebolla cabezona a las que luego les practiqué una nueva incisión en cruz que me permitiera desmenuzarlas en pequeños trocitos. El rubicundo pimentón también se dispuso para que su forma voluptuosa fuera transformada en estilizadas julianas, el fértil apio muy sumiso se acostó en la tablilla para facilitarme el corte en trocitos transversales, la turgente zanahoria muy sumisa se fue subiendo a la tabla para exhibir luego del corte sus carotenos en uniformes palillos, en tanto las hojitas del repollo se enrollaban presurosas rogándole al cuchillo para que les concediera una delgada conformación. Los retoños de brócoli y los aterciopelados champiñones también se sumaron al foro alimenticio, el maíz tierno desgranado y las raíces de alfalfa concurrieron con premura, en tanto que las arvejas una vez que se liberaron de su estuche natural y sintiéndose muy tranquilas por no tener que someterse a la tiranía del cuchillo, salieron rodando hasta juntarse con todo el picadillo.

Todas las verduras estuvieron de acuerdo en celebrar un festín dentro de la sartén, para lo cual invitaron al apuesto vinagre de manzana, a la encopetada salsa de soya y su compinche la salsa de tomate, como también a unas deshidratadas y pulverizadas hierbas de estragón, laurel, orégano y albahaca, a quienes el destino les había asignado una noble misión sazonadora. El ajo pulverizado se quiso sumar a este festejo, no sin antes invitar a sus dilectos amigos, el encopetado jengibre y el afamado aceite de olivas. Así pues, con gastronómico entusiasmo prendí el fogón para dar comienzo al festejo mientras un aroma indescriptible se apoderaba de toda la casa.

Ya el arroz había modificado su tiesa conformación y después de pedir una cucharada de agua para esponjar su apariencia, agradeció al fuego por la culminación de su labor, mientras que la olla quedó bien tapada para protegerlo de esos intrusos que siempre merodean en la cocina con los ojos cristalinos y la nariz ruborosa. Las verduras seguían bailando en la sartén y ahora los cárnicos comenzaban a ingresar en trocitos, unos con su efusiva cara de jamón de cordero, luego otros pedacitos que no ocultaban su porcina condición, en seguida se lanzaron unos pequeños cilindros que afectaban una insinuante estirpe de salchicha libertina, después ingresaron unos encorvados personajes con su fetal forma camaronera, y por último brincaron al festín algunos fragmentos provenientes de una seductora pechuga de pollo sin piel y carente de todo recato.

El arroz que ya estaba muy florecido y bien dispuesto, también quiso maquillarse para asistir al rito culinario, por lo cual fue ungido profusamente con aceite de olivas y sometido posteriormente a un fino bronceado con salsa de soya. Finalmente la cuchara de palo se encargó de amancebar las carnes con las verduras y mientras ese baile de nutrientes prosperaba, el fuego se apagó para dar por terminada la estimulante labor sazonadora. En esa forma y en medio de mis antojadizas reflexiones, todos los insumos convidados terminaron asociados en una suculenta y apetitosa promiscuidad, quedando así amalgamada la empírica preparación.

Quedan pues todos invitados a compartir esta opípara receta en la generosa mesa virtual que hemos dispuesto justo aquí, en Vida Grata.

 

Mauricio Bernal Restrepo.

Bogotá, Colombia.

Ilustración: Tomada de:

http://blogsdelagente.com/tengohambre/2009/04/21/wok-verduras-con-pollo-una-especie-chop-sue/

 

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